Un gigantesco incendio
forestal en las Torres del Paine vuelve a poner en entredicho la relación que
nuestro país ha construido con la naturaleza de que es parte.
Las llamas que envuelven la
estepa magallánica no son, ni con mucho, las únicas que hayan asolado a los
bosques del sur de Chile y, probablemente, no sean las últimas.
El llamar a lo sucedido un
desastre ambiental puede inducir a equívocos: desastre sin duda que es.
Ambiental, ¿qué duda cabe? Pero el equívoco tiene otro origen: el de considerar
que lo que ocurre a la naturaleza es en cierto modo inevitable.
A lo sumo se sancionará a la
persona responsable con alguna pena remitida, se dictará un par de normas
inútiles, se dispondrá de nuevo personal y, con el fin del fuego, la materia lo
será del olvido.
Hay en la base de estas
catástrofes, desencuentros de los que los propios árboles nos hablan.
No en vano hay quienes ven en
ellos palos, metros ruma, dólares. En cualquier lugar del país los árboles y
arbustos pueden ser, en realidad, considerados como sobrevivientes de la
ignorancia y de las catástrofes sociales que ocurren en su derredor.
La principal fogata que les
ha llevado a la extinción o cuasi extinción ha sido la voracidad humana
ejercida a través del fuego directo, de la motosierra, del pastoreo de
animales, del uso de leña o del subsidio forestal. El tamarugo, el quillay, el
toromiro, el alerce, la araucaria chilena, el mañío son candidatos a ser piezas
de museo más que del paisaje chileno.
En
la raíz de los incendios y daños ambientales hay un desencuentro brutal entre
habitantes y territorio habitado.
Ha primado en nosotros una
curiosa voluntad de no querer ser lo que somos, de sustituir lo que tenemos por
otras cosas. Hace algunos años, un periódico titulaba una de sus entrevistas
señalando: “El rey es el plátano oriental y el mejor árbol para Santiago”. Los
quillayes, maitenes y el olivillo quedaban excluidos, también el peumo porque
“tiene un aspecto de arbusto”. Las especies nativas, por cualquiera fuera el
motivo, no se consideraban en el paisajismo propugnado por el entrevistado.
El desencuentro reconoce no
sólo el desprecio estético por las especies nativas sino también limitaciones
lingüísticas para denominarlas, entenderlas y clasificarlas.
La
dificultad de pronunciar ñirre, por ejemplo, una voz del mapudungun, no sólo
habla de la odiosa relación que los chilenos tenemos con las especies nativas
sino que, también, con la fonética mapuche (sabemos como pesan fonemas como el
ch o el tr en las escalas de prestigio lingüístico de nuestro país), y con la
histórica negación que hemos hecho de nuestra condición mestiza. Los árboles
nos hablan de ello.
En las lengas y ñirres los
europeos vieron sus hayas (fagus) y, para clasificarlos, su ingenio fue
limitado y no pasó más allá de entender lo visto como una negación de lo que ya
conocían: Nothofaguspumilio y Nothofagus antárctica, fue como respectivamente
clasificaron a estos árboles.
La imaginación popular recrea
los equívocos de conquistadores, colonos y otros visitantes al territorio
nacional. Madres y padres proclaman criar a sus hijos “derechito” para que
crezcan como los árboles, con el único inconveniente que los árboles nuestros,
al modo de los arrayanes, por ejemplo, suelen hacer lo contrario.
Pero, claro, la obsesión
forestal prusiana había logrado, hacia fines del siglo XVII, identificar,
domesticar y plantar lo que llamaron un normalbaum, esto es, alguna especie que
pudiera conformarse a los imperativos de una ciencia forestal y de un Estado que
expande su control sobre un territorio cuyo “desorden” le resulta problemático.
El pino fue una de tales
especies y, en efecto, se hacía crecer derechito, amén de impedir – muchas
veces con la asistencia técnica de expertos en pesticidas – que otros árboles y
arbustos pudieran florecer junto a él.
En la medida en que el bosque
se hacía maderable y controlable desaparecían de el, leñadores, conejos,
liebres, pájaros, helechos, lianas y todo lo demás que constituye un bosque. No
es de extrañar, en consecuencia, que nuestras hijas e hijos entendieran como
bosque lo que en realidad era una plantación.
El bosque templado apareció
ante los conquistadores españoles y los colonos alemanes y chilenos como un
masa vegetal desordenada, a ratos intransitable: una naturaleza que, al igual
que en Prusia y Sajonia, había que controlar.
Las
ilusiones y conquistas europeas se incorporan en un folclore que consagra al
pino como el árbol navideño e instala un manzano en el Jardín del Edén, aun
cuando las manzanas crecieran en Kazakhstan, a varios miles de kilómetros de
distancia de donde se pensaba que podría haber estado el paraíso.
El árbol es el modelo
aristócrata para dar cuenta del pretendido noble e incluso divino origen de las
familias de buena posición: los árboles genealógicos sirven al efecto y tal vez
ello sea inspiración para que las clases chilenas emergentes, asociadas al
furor del carbón y del salitre, importen ochenta mil árboles o más hacia fines
del siglo XIX, buscando legitimarse como un nuevo jugador en la arena del
poder.
La araucaria brasileña
(angustiforme), las acacias, las palmeras y otras especies exóticas sirven de
heraldo a los ricos de reciente cuño. El Parque Cousiño (hoy O’Higgins) es el
testimonio de un Santiago poniente, ordenado de acuerdo a los cánones franceses
de la época.
En el siglo XX proliferan en
la ciudad los plátanos orientales, provocando la movilización en su contra de
quienes padecen alergias que asocian a la especie.
Los árboles no son
indiferentes a la salud pública ni a la vida política de la nación. “Se abrirán
las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad
mejor”. La fuerza poética del mensaje política y humanamente heroico del
Presidente Allende conserva algo del androcentrismo propio de la época y del
eurocentrismo que ha servido al país de modelo.
No son algarrobos, bellotos o
palmas chilenas sino árboles típicos españoles los que se usaron como
ornamentación de las casas patronales. De los Tres Álamos ni hablar.
La
furia antimarxista llevo al alcalde designado de Corral a eliminar los notros
que embellecían la plaza de la pequeña ciudad puerto. No era admisible que
árboles de flores rojas intensas se levantaran frente al edificio edilicio en
momentos en que una longitud de onda de 700 nanómetros (unidad de medición del
color rojo) era considerada peligrosa.
El retorno a la democracia en
Chile se deja encantar con las palmeras. Las phoenixcanariensis que antaño se
emplearan para señalar los cuatro puntos cardinales de la casa del patrón,
obsesionan a un mandatario y se multiplican por todas partes, especialmente en
el Aeropuerto Internacional de Pudahuel donde el visitante puede evocar tierras
tropicales más próximas a Hawaii o a Miami que al valle del Mapocho, donde
están emplazadas. El noventa por ciento de las especies allí existentes son
alóctonas.
No es extraño que no sepamos
pronunciar la palabra ñirre y que los digüeñes, nalcas, y piñones parezcan
provenir de las profundidades de un sur desconocido, de las curiosidades de la
gastronomía indígena o de libros tomados de bibliotecas ya desaparecidas.
Nuestra dislalia – al menos
en lo que al mapudungun concierne – es el síntoma de desencuentro con el
paisaje de que somos parte. Fruto de tal desencuentro, poco y nada importa lo
que escapa al dogma estético que torna al jardín inglés en signo inequívoco del
buen gusto aristocrático. Aquellas vastas franjas del territorio sólo importan
si es que pueden alimentar la voracidad xenofílica de las elites centralinas.
Los árboles – y, sobre todo,
los despojos de los bosques chilenos – cuentan una historia que no quiere ser
oída, una historia a la que se resisten quienes prefieren entender la
naturaleza como un almacén al que se puede recurrir toda vez que la tecnología,
el mercado y, sobre todo, el Estado lo permitan (y, en ocasiones, incluso
cuando la autoridad lo prohíbe).
Incendios, catástrofes
ambientales y árboles muertos habrá mientras persista la ignorancia que,
imbuida del poder que le confiere la ceguera pública, se vuelve arrogante
frente a humedales, cursos de agua, arenales, bosques y estepas.
Entretanto, estaremos atentos
a los resultados del próximo Rally Dakar en su paso por el desierto de Atacama.